Fotografía y arte
Si atendemos a lo que se escribe sobre fotografía, dejando de lado lo estrictamente técnico o formativo, vemos que lo más de ello considera la fotografía en su relación con el arte cuando lo más de la producción fotográfica, como se ha señalado ya repetidamente, no tiene, como poco, ninguna pretensión ‘artística’. Cosa que por lo demás sucede también con las artes más clásicas, pues será más que difícil encontrar a alguien que crea que todos los edificios son obras de arte, o todas las esculturas de los jardines de los chalés, o los cuadros que se solían vender antes en las mueblerías como mero mobiliario decorativo, o las bandas sonoras de los contestadores telefónicos, o los mensajes que se escriben en las redes sociales.
¿Qué distingue pues las obras de arte de las que no lo son?. Ríos de tinta han corrido y siguen corriendo como respuesta a esa pregunta cuando la respuesta más clara es la que lo hace a otra pregunta: ¿Quién dictamina que algo es arte?. Y la respuesta es: quien puede, y ese poder viene dado tanto por el dinero, capaz de pagar, o justificar (y aquí entran los críticos, marchantes y los demás que ganan dinero con tal actividad) un precio, y por ello y cuanto más elevado más incontrovertible será la condición artística de la mercancía, y el Estado (bajo la múltiples formas en las que se manifiesta, sean estas las instituciones de enseñanza, las academias, los museos, los ministerios o concejalías de Cultura o tantas otras similares). Si por este cuadro se ha pagado tanto dinero o está en tal museo, es que es una obra de arte, punto.
Y para entrar en la selecta categoría de ‘artista’ hay que tener lo primero un nombre, una firma, que será la que se ponga en el contrato de compraventa de la obra, y que ascendido el autor a lo más alto del escalafón artístico, esto es, alcanzado una alta cotización, como las acciones de la bolsa misma, venga su mera firma a ser lo esencial de la obra y lo que justifique el precio que por ella se pague, independientemente de lo que la obra misma valga. Así la lucha por ser uno mismo, por ser ‘el autor’, es tan importante para el sistema y debe ser debidamente interiorizada y plenamente aceptada por los aspirantes a ser considerados artistas.
Siendo la fotografía casi la última de las actividades en unirse a las clásicas seis (arquitectura, poesía/literatura, danza, música, pintura, escultura) y al cine, que no en vano se le llama ‘el séptimo arte’, cuando curiosamente es posterior y tributario de la fotografía, ya que no deja de ser una sucesión de imágenes fijas, tiene una consideración menor, esto es, mueve menos dinero, al menos considerando las obras individuales, que las otras (y ahí, en el movimiento de dinero, es donde se entiende mejor el estatuto del cine).
Así pues se presenta, tanto para quienes producen, al menos en parte, fotos como para quienes las ven, el dilema de someterse a lo mandado, difícil morder la mano que da dinero o estatus, y ser considerados artistas o cultos, o hacer aquello de lo que se sea capaz sin más pretensiones o disfrutar sin más de lo que otros han producido.
Tal vez al leer lo que he venido exponiendo puedas pensar que no hay forma de que nada bueno pueda haber cuando esté atravesado por el poder de cualquier clase, pero no hay certidumbre de eso tampoco, que será más difícil es claro, imposible es otra cosa. Puede ocurrir, en contra de lo mandado, que lo pases bien haciendo fotos y se lo hagas pasar bien a otros al verlas aunque te hayan pagado por ello o te hayan premiado en un concurso, el olvido del fin, la venta de la foto, el ganar el concurso, al tiempo de la producción de la foto misma puede tal vez, solo tal vez, operar en esa contra, igual que puede suceder que viendo una foto en un museo te remueva y conmueva donde no sabes siquiera. No es lo mandado, y por ello raro, pero puede suceder.