Tiempo y espacio en fotografía
Sin entrar en el debate en profundidad sobre lo que sean el tiempo y el espacio, que ha hecho correr ríos de tinta con las definiciones o aproximaciones más diversas a estos dos palabras y que sobrepasa con mucho el alcance de este texto, me limitaré a apuntar a algunas cosas que considero que tienen ambos términos en común y que se relacionan muy directamente con la fotografía.
Hay en ambos casos unos usos de las palabras que admiten cuenta numérica y otros que no. En nuestro caso el tiempo medido en fracciones de segundo, segundos, minutos y más raramente horas o días y el espacio medido en milímetros, centímetros y metros o sus equivalentes en otros sist6emas de medida de longitud. Estos son los casos de los tiempos y los espacios, como distancias, rigurosamente medidos y que afectan de forma muy relevante a las acciones fotográficas (tanto a las de la producción de las imágenes como a las de su visionado). Y por otro lado nos encontramos con algo que no admite cuenta alguna pero que es parte relevantísima, seamos o no conscientes de ello, del hecho fotográfico.
Respecto al tiempo contado en la producción de las imágenes hay que señalar una diferencia aparecida con la fotografía digital, pues en las formas, hoy en declive, de fotografía química el tiempo operaba en tres fases del proceso de producción: la captación misma de la imagen con la cámara, el revelado de la película fotográfica y la ampliación (el paso de la imagen del negativo al soporte en papel) y en la forma dominante en la actualidad el tiempo ya solo afecta a la imagen en el primer paso: la captación, pues el procesamiento informático de la imagen captada digitalmente, el equivalente al revelado y la ampliación químicos, consume tiempo a los procesadores de las imágenes (dependiendo de la potencia de las máquinas y programas informáticos empleados y la pericia de los usuarios), pero no afecta a la imagen misma, esto es, da igual que lo que se llama el negativo digital, el formato ‘raw’, o en un formato ya procesado por la cámara, el ‘jpg’ o ‘jpeg’, tarde más o menos tiempo en pasarse a otro formato visible para los dispositivos digitales o manipular distintos parámetros de la imagen (color, tono, iluminación, encuadre, etc) o la imagen misma (añadir, resaltar o eliminar elementos, etc), pues la imagen final no resulta afectada por la cantidad de tiempo empleada.
El tiempo de la captación, el común y hoy el único a considerar, es pues el relevante, el que cuenta, por eso es el que admite la cuenta, el tiempo rigurosamente medido y que debe ser manejado rigurosamente por el fotógrafo, o aparentemente por la propia cámara aunque de hecho lo sea por los programadores de la misma, pues la modificación de una fracción de segundo de una toma puede arruinar el resultado deseado.
En cuanto al espacio medido lo esencial viene dado en dos fases de la acción fotográfica, sea esta química o digital: la captación y el visionado. En cuanto a la captación el espacio medido, la cuenta afecta a la imagen final en cuatro parámetros: el tamaño del captor (o de la película fotográfica), el del objetivo empleado, el de la distancia del motivo que se desea aparezca bien enfocado e iluminado y el tamaño del obturador. La variación de cualquiera de estos parámetros modifica la imagen obtenida. En cuanto al visionado el tamaño, espacio medido, sí importa, pues a mayor tamaño del soporte menor nitidez de la foto, más grano será visible en la fotografía química y más pixelada aparecerá la digital además de producirse diferencias en los efectos que la foto haga aparecer en quienes la contemplan, pues a mayor tamaño del soporte más distancia de visionado, lo cual genera efectos distintos en la percepción de la imagen como cualquiera puede experimentar al ver vallas publicitarias o cuadros en los museos.
Un aspecto de importancia en cuanto al espacio y el tiempo medidos en fotografía viene dado por su relación en el momento de la captación de la imagen. A igualdad del resto de parámetros variables a disposición del fotógrafo en el momento de la toma hay una relación entre dos de ellos que aparecen como intercambiables sin afectación perceptible en la imagen captada bajo determinadas circunstancias: el diafragma y la velocidad.
En una explicación simplificada para los menos conocedores del medio fotográfico puede decirse que el diafragma es el dispositivo que regula en tamaño del espacio que permite el paso de la luz en la cámara, y la velocidad es lo que regula el tiempo que dura el paso de la luz. El tamaño del diafragma, llamado apertura en la jerga fotográfica, se indica con una escala numérica en la que hay cifras tales como 4 - 5,6 – 8 – 11 – 16 precedidas de la letra ‘f’ al referirse a él por escrito en las que el número menor es el que tiene un tamaño mayor para el paso de la luz y cada número mayor siguiente reduce a la mitad ese tamaño. La velocidad se indica con fracciones de segundo como 1/125, que generalmente se usan indicando solo el denominador en una escala de cifras tales como 15 – 30 – 60 – 125 – 250 – 500 – 1000- 2000, precedidas de la letra ‘v’ al referirse a ella por escrito, en las que cuanto mayor es el número menor es el tiempo que permanece abierto el obturador para dejar pasar la luz y en los que cada número mayor siguiente reduce a la mitad el tiempo.
Lo relevante de eso es que de alguna forma, y en determinadas condiciones (básicamente las tomas en las que la profundidad de campo, lo que se ve enfocado, o la detención del movimiento no resulten afectados) el tiempo y el espacio contados operan como intercambiables, esto es que una foto tomada con una determinada combinación de apertura/velocidad, digamos v 125 f 8 es indistinguible de una tomada con v 250 y f 5,6, o sea, que el efecto de reducir a la mitad el tiempo y duplicar el espacio es el mismo que el de duplicar el espacio y reducir a la mitad el tiempo. Para ambos parámetros rige la ley de efecto inverso que indica que cuanto menor sea al agujero por el que pasa la luz más espacio de lo fotografiado saldrá enfocado, y viceversa, y que cuanto menos tiempo entre la luz menos movida saldrá la foto, y viceversa, así que, por ejemplo, cuando se fotografían cosas que no se mueven y que están lo bastante alejadas de la cámara da igual subir el tiempo (v) y disminuir el espacio (f), que bajar el tiempo (v) y aumentar el espacio (f). Vemos aquí pues un curioso entrecruce del tiempo y el espacio precisamente medidos, como lo distinto de hace sino igual al menos equivalente.
En el otro sentido de los términos que nos ocupan son justamente los que quedan aparentemente fuera de la foto, pues ésta al encuadrar acota un fragmento del espacio, valga decir del mundo, que, como cualquier niño no domesticado comprende bien, es sin fin, y la fotografía, al delimitar con precisión el campo que nos ofrece de visión del mismo apunta a que más allá de ese campo hay más, y que eso que llamamos espacio carece propiamente de límites por más que nos resulte difícil, por no decir imposible, de concebir una infinitud de veras. En cuanto al tiempo sucede algo parecido, la foto, producida como se ha expuesto mediante un uso de tiempo precisamente contado, en eso que se llama un instante, de ahí el nombre que a veces se usa como sinónimo de ‘instantánea’, nos recuerda que hubo un antes y un después de la foto, que lo que la cámara inmoviliza y congela no es más que un corte artificioso que se hace sobre la continuidad propiamente también infinita de eso desconocido que llamamos tiempo.