El sexo, sea ello lo que sea, es algo de lo que los libros serios de fotografía no suelen ocuparse mucho, cosa curiosa pues desde sus inicios la fotografía, como luego el cine, especialmente ahora en el formato vídeo, ha estado ligada a este asunto. Si en la pintura, occidental al menos y desde el fin de la antigüedad clásica, lo relacionado con el sexo se ha venido limitando esencialmente al desnudo, principal aunque no exclusivamente femenino, con las excusas mitológicas, religiosas o meramente ‘artísticas’ de rigor, y se ha excluido lo más comunmente tenido por pornográfico, en la fotografía ni ha sido ni es así.
Las discusiones, a menudo meramente bizantinas, sobre si una imagen puede ser considerada pornográfica o artística se relacionan directamente de un lado con el Estado, en tanto en cuanto promulgador y ejecutor de normas sobre la declaración y consecuencias de que una obra sea catalogada en una u otra categoría y de otro con el Capital, pues el movimiento de dinero de este tipo de imágenes, hoy sobre todo en formato vídeo, es extraordinario. En Internet se suele estimar que las páginas de contenido considerado abiertamente pornográfico ocupan los primeros puestos en visualizaciones y no olvidemos el contenido más o menos abiertamente sexual de la publicidad con su correspondiente multimillonario movimiento de dinero.
Lo anterior, siendo evidente e importante, no debe hacernos dejar de considerar algo que este asunto del sexo en la fotografía, extensible obviamente a otros ámbitos de los que aquí no nos ocuparemos, sirve también para traer a consideración la pregunta de: ¿para qué sirve una foto?. En punto a esto hay que distinguir entre el Poder y la gente, pues el servicio que al Estado y a Capital les presta la fotografía ya se ha puesto de relieve en anteriores capítulos, pero para la gente convendrá hacer algunos comentarios.
Junto al valor de producción ya se señaló el valor de uso, que es al que esto hace referencia en cuanto a la gente corriente. Ese valor de uso, de una foto en concreto, pues referida a una foto cualquiera no se diferenciaría mucho del que el soporte en que se presenta la imagen ofrece (sea por ejemplo para abanicarse o recoger las migas de una mesa), es lo que plantea una variedad de respuestas posibles y es aquí, en el valor de uso, en el que la cuestión del sexo en fotografía puede ser más reveladora, pues respecto al valor de cambio ya se ha comentado su abierta relevancia.
Una misma fotografía podría, atendiendo solo a su contenido, ser usada de formas diferentes. Pongamos como ejemplo el de una vulva. Podríamos encontrar la misma foto en tres lugares: un manual de obstetricia, un museo y una revista porno. La foto misma es ajena al uso, el uso en cualquiera de los tres lugares citados está socialmente previsto, documental, artístico y sexual, por más que el visionante final de la foto pueda hacer que el uso efectivo de la misma varíe y el manual de obstetricia pase a tener un uso sexual, la foto museística sea usada para documentar y la de la revista porno pase a ser expuesta en un museo, con lo que tenemos un ejemplo privilegiado de como la autoría de la obra fotográfica llega, como ya se ha expuesto, hasta su supuesto destinatario. Y, hablando de autor, en la foto de nuestro ejemplo habitualmente aparecería de forma marginal en el manual, relevantísimamente en el museo y desaparecería en la revista. Respecto a la intencionalidad del autor, motivo de tanta ocupación de críticos y académicos, ni la foto misma ni el emplazamiento en el que se la encuentre nos dicen nada cierto por sí mismos, suponiendo incluso que el autor tuviera una intencionalidad consciente, y lo que se pueda decir no es más que especulación irrelevante por completo tanto para los teóricos destinatarios del manual y de la revista y quizás entretenimiento cultural para algunos de los del museo que podrán añadir con las oportunas lecturas de los expertos un plus de conocimiento con el que impresionar a quienes se dejen.
También cabe señalar las relevantes repercusiones que este tipo de fotos pueden tener para sus captadores, distribuidores o meros poseedores provenientes de la aplicación tanto de las correspondientes legislaciones estatales como de las normativas privadas, como por ejemplo las de los concursos fotográficos o las de los museos, medios y galerías.