Leer una foto
Siendo, como hemos visto, la fotografía un caso particular de escritura, la lectura de una foto es el complemento imprescindible de la misma, sin el cual cabe decir sin demasiado exceso que la foto no está terminada, pues la lectura se produce desde el momento inicial, antes incluso de la toma, pues quien la realiza no deja de tener, como se ha expuesto, una idea previa de la foto que va a tomar, una imagen mental, que también habrá tenido que leer. Este proceso cabe que se aparezca como instantáneo o que se presente con una dilación temporal amplia, como es el caso de la las fotos que han sido concebidas con antelación, preparados también previamente los contenidos que aparecerán en ella, y hasta hechas y analizadas pruebas antes de la toma que será finalmente elegida.
Antes de entrar en materia propiamente conviene aclarar algunas de la palabras que vamos a usar para evitar confusiones corrientes. Son estas lenguaje, lengua, idioma, escritura. El lenguaje es el aparato que permite el aprendizaje y uso de cualquier idioma para que podamos hablar y decir cosas que los demás oyen y más o menos entienden. El idioma es la forma particular de uso del lenguaje de una comunidad de hablantes. La lengua es un término que en ocasiones se usa para referirse al lenguaje y en otras para el idioma, así que aquí se procurará no usarlo. La escritura es un modo de conservación más o menos fiel de lo que se ha dicho y ya no es propiamente idioma sino que es parte de la cultura (como prueba el hecho de que se aprende por instrucción consciente en las instituciones culturales, la escuela, frente al aprendizaje del idioma primero, el llamado usualmente materno (aunque puede resultar que sean dos y no uno solo en el caso de progenitores que hablen distintos idiomas y, hasta, más raramente, tres, en el caso de que el aprendiz viva en un entorno lingüístico distinto del de ambos progenitores) que es ajeno a ellas y se aprende por imitación no consciente, no así los sucesivos, por cierto, cuando se hacen fuera de la comunidad de hablantes).
Así pues la lectura de la foto vemos como es parte misma de su realización y de la que se tratará ahora.
La primera consideración que aparece es nuevamente la cuestión de la autoría, pues nos volvemos a encontrar con una multiplicadad de personas en esta fase oponiéndose así a la tradicional consideración del autor como único.
La segunda consideración no es menos opuesta a lo que tradicionalmente se suele creer que la lectura es, pues se tiene, en nuestros días al menos, por dado que la cosa consiste nada más que en captar el significado, saber lo que nos quiso decir el autor, informarnos, en suma, y así pasan cosas como la indiferenciación de la poesía, antaño indisolublemente unida al ritmo que en la recitación de viva voz se percibía (hoy reemplazada casi completamente por la mera lectura mental), de la prosa. Y esta cuestión de la información como fin de la fotografía sí es la que más cuenta en los usos meramente ‘documentales’, usando el término en sentido propio y por ello amplio, como los de la fotografía científica, forense o de espionaje, por ejemplo, pero en las otras modalidades fotográficas ‘no documentales’, y que engloban las consideradas o pretendidas artísticas, en especial, pero no exclusivamente, la ‘social’ (tipo ‘BBC’, bodas, bautizos y comuniones), la publicitaria o la de prensa, por ejemplo, junto a esa función ‘informativa’, de significación, está otra, a menudo más importante, que cabe denominar ‘generativa’, esto es, orientada a hacer sentir, a generar un sentimiento, una emoción, una acción. Esto parece equivaler a lo que en lingüística se llama habitualmente función ‘denotativa’ y ‘connotativa’ respectivamente, aunque he de anticipar ya en este momento que ambas funciones no están asociadas en exclusiva al fotógrafo, sino que también lo están a cualquier receptor de la foto. La información o denotación debemos recordar que no es que se aporte como nueva, sino que se basa en la ya disponible en el receptor y que ha llegado a él a través de su idioma, oral o escrito, pues para ver ‘la luna’ tengo que tener la palabra ‘luna’ ya en mi vocabulario con una noción de ella, pues si no es así veré algo pero no estrictamente la luna igual que un médico podrá ver un esfemoides y un lego, con suerte, un hueso. La generación o connotación no es tampoco solo una cuestión de intencionalidad del fotógrafo sino también de lo que la imagen provoca en el receptor, que puede coincidir o no con aquella y sobre la que el fotógrafo no tiene de ordinario mucho control. La foto de una persona será percibida de forma distinta por un amigo que por un enemigo, condición esta que incluso cuando haya relación personal entre fotógrafo y receptor aquel puede no conocer con exactitud.
Ambas funciones están presentes en cualquier foto, aunque no cualquiera que las vea las percibirá de igual modo, pues la ‘información’ percibida por un receptor de la foto variará en función de la previa de la que disponga, por ejemplo, un botánico al ver la foto de una flor la asociará a su nombre científico y a la catalogación que le corresponda, percibirá características específicas, como posibles enfermedades, estado de maduración, etc, mientras que alguien sin esa formación verá un flor sin más o a lo sumo le adjudicará un nombre común del tipo ‘rosa’ o ‘clavel’. Esto nos lleva a que afirmar como se suele que la fotografía es universal simplemente no es cierto, por mucho que estemos en un mundo cada vez más globalizado y uniformador. Hay que señalar a este respecto que si bien la “Cultura”, en sentido amplio, sí está universalizada, globalizada o como se quiera llamar, la escritura, que pertenece a la Cultura, no al lenguaje ni al idioma mismos, se manifiesta de formas diversas y mutuamente ininteligibles, salvo por aprendizaje específico. Cada cual ha de aprender por medio de la escuela la escritura de su propio idioma, cosa distinta este último por cierto del lenguaje mismo, que este sí es universal, como se demuestra fácilmente con solo ver que cualquier humano que venga nuevo el mundo aprenderá sin problema el idioma que le haya tocado en suerte sea este el que sea, por más que pasada la infancia a duras penas aprenderemos los adultos, y nunca tan bien como la más iletrada criatura maneja el suyo nativo, otro idioma. La ‘evocación’ también dependerá de una multitud de circunstancias específicas del receptor, así por ejemplo, una foto de una mujer no provocará los mismos sentimientos o emociones si resulta ser la madre del receptor que si es una completa desconocida.
Hay que señalar también que esas mismas funciones están operando también del lado del fotógrafo y que participan en la toma misma en diverso grado, sea o no consciente el fotógrafo de ello.
Es igualmente importante tener en cuenta que el producto de ambas funciones, esto es, el efecto que cause la foto en el receptor, está sometido a variaciones, y por ello la ‘misma’ foto (si es que podemos seguir creyendo que pueda ser la misma a pesar de estar, más o menos perceptiblemente, cambiando) en distintas ocasiones será capaz de causar distintos efectos. Si la mujer inicialmente desconocida al ver la foto por primera vez llega a ser amiga íntima del receptor, en las ocasiones posteriores a eso en las que vea la foto los efectos que esta cause ya no serán los mismos.
Hay que señalar también que la relación entre el fotógrafo y el receptor en cada ocasión que se dé a través de una fotografía del primero que es vista por el segundo en relación al contenido de la foto puede puede ser de los siguientes tipos:
1-Fotógrafo y receptor entienden, en lo esencial, lo que la foto dice, comparten niveles de conocimiento similares que les permiten nombrar los objetos que aparecen en la foto.
2-Uno de ellos puede nombrar los objetos y el otro no.
3-Fotógrafo y receptor atribuyen a la foto la generación de los mismos o similares efectos.
4-Fotógrafo y receptor no coinciden, en todo o en parte, en los efectos generados por la foto.
La importancia de esto viene dada por la elección, en la medida de las posibilidades, de la modalidad de exposición a los posibles receptores de la foto y para los receptores de la modalidad de acceso a una foto. Que uno y otro puedan coincidir ante la foto, cosa que en ocasiones es imposible o muy difícil, la posibilidad de hablar supondrá el mayor beneficio para ambos en términos estrictamente fotográficos, aunque, y en esto hablo por mi muy amplia experiencia, no sea fácil ese diálogo, al menos en términos que superen lo más superficial, en las ocasiones en las que aparentemente sería posible. En esa conjunción es donde una foto puede darse por terminada para las circunstancias en las que se produce, pues, como ya se ha dicho, suponiendo que la foto sea la misma e incluso el fotógrafo y el receptor los mismos, en ocasiones posteriores los resultados pueden ser o no coincidentes con lo que la foto nunca llega a estar terminada de veras.
La escritura de los idiomas se sirve de tres tipos básicos de sistemas: ideográfico, silábico y alfabético. Simplificando podemos decir que el ideográfico, como el chino, por ejemplo, emplea elementos gráficos que se refieren a la idea a la que representan, el silábico, como el amárico usado en Etiopía o el hiragana o katakana japoneses, emplea elementos gráficos que representan las sílabas de las palabras, y el alfabético, como el de este idioma mismo, el más ampliamente usado en la actualidad, emplea elementos gráficos que tratan de representar los fonemas o sonidos ideales mínimos de los que se compone una palabra.
Siendo la fotografía una forma de escritura, ¿qué sistema emplea?. El ideográfico considero que es la respuesta más precisa, pues las ideas están representadas por la imagen de sí mismas, inicialmente sin modificación, aunque esta ha venido introduciéndose casi desde el principio mismo de la fotografía. Obviamente no se trata del mismo sistema ideográfico que el del chino o el de los actuales emojis, pero el fundamento es el mismo: la sustitución de la cosa de la que se habla, eso que llamamos realidad, por un representante que hace referencia a la cosa por su capacidad de evocar la idea que tenemos de ella. Algo que se parece visualmente, al menos en algunos rasgos principales, a aquello de lo que se habla aunque con alguna reducción o eliminación de rasgos no imprescindibles para la comprensión. Lo mismo sucede en la fotografía, la fotografía considerada más realista (como si hubiera alguna que no fuera realista, según ya se ha explicado que es eso de la ‘realidad’), cualquiera de ellas, hace obligatoriamente una primera operación de reducción al reemplazar la tridimensionalidad de la cosa fotografiada por la bidimensionalidad propia de la fotografía. En segundo lugar se produce otra reducción también obligatoria de la cosa al privarla de relaciones que mantiene constantemente con las demás cosas en el mundo en el que se habla mediante la ‘congelación’ temporal y la selección espacial del encuadre que impone la tecnología fotográfica misma. En tercer lugar se produce otra modificación impuesta también por la propia tecnología fotográfica que consiste en otros cambios que esta impone y que solo hasta cierto punto dependen del fotógrafo o del procesador de la foto (grano en la fotografía química, píxeles en la digital, coloración de la imagen debida a la película fotográfica o al captor, etc). En cuarto lugar se reducen las posibilidades de relación del representante frente a lo representado a lo meramente relacionado con la vista. Son obviedades manifiestas pero tal vez por serlo resultan tan ignoradas.
Así pues lo único que no es real, mientras no se hable de ella, es precisamente la foto, pues simplemente la hay, está actuando, haciendo lo que sea que haga, pero también está a la vez creando realidad con la imagen visible en tanto en cuanto sea una cosa de la que se hable. Lo mismo que pasa con el uso del idioma, que mientras habla crea realidad no siendo él mismo real salvo que se convierta en objeto de un hablar a su vez.
Ahora estamos ya en condiciones de entender que una fotografía es la unidad básica de la escritura fotográfica, equivaliendo así a un texto de un idioma cualquiera. Obviamente una foto, como un texto de un idioma, puede aparecer aislada de otras aunque más habitualmente en relación con otras, formando así el equivalente a un texto mayor de la escritura lingüística (una carta, un artículo, un libro, ...), sea en una exposición, una proyección, un catálogo, un periódico, etc.
Esa unidad básica, la foto, se compone a su vez de una serie de unidades menores: el núcleo o centro de atención, indicadores, elementos que ofrecen información de las circunstancias del centro de atención y acotadores, elementos que precisan estas. Obviamente se puede, y a menudo se da, el caso de que en una foto encontremos varios núcleos, igual que sucede en una conversación en la que se solapan las intervenciones de varios interlocutores ocasionándose en ambos casos una confusión que puede llegar al extremo de hacer ininteligible la foto o la conversación. También hay que tener en cuenta que los indicadores y los acotadores pueden ir encadenándose o pueden ser muchos añadiendo así información adicional, redundante y hasta contradictoria.
Estos elementos se relacionan mediante conectores y desconectores al modo de una sintaxis visual que dispone los diversos elementos en determinado orden. La disposición espacial de las formas geométricas que componen la foto y el mero espacio en el que se disponen es fácilmente describible aunque los efectos que generen caigan del lado de lo interpretativo.
La fotografía es un vestigio, la huella que algo ha dejado, no una reliquia ni un relato (ni es sagrada ni es un cuento, por decirlo a lo corriente, ni es historia, por decirlo con la pedantería de los idealistas que se llaman a sí mismos materialistas filosóficos, dialécticos o históricos). Ese vestigio que es la fotografía es la raíz etimológica del término ‘investigar’ que se opone al de saber, al mero conocer. Y la primera investigación a que la fotografía nos llama es al reconocimiento de la evidencia de la propia falsedad de la presunta veracidad de la foto, pues no es “la realidad”, la foto de una rosa no es una rosa, ni nos convoca a la definición, esto es, al conocimiento, al saber, de “la rosa”, no es más que su huella, que podemos encontrar bella o no (la foto, no la rosa) y ahí aparece el debate sobre la belleza, al que no vamos a atender ahora, pero también la posibilidad de que esa huella de la rosa que es la foto nos haga revivir el aroma o el tacto de una rosa o nos desencadene los recuerdos o las imaginaciones de algo que a ella asociamos no como datos , no como historia, sino como vida de veras que nos haga sentir y obre así contra el tiempo saliendo del pasado que la foto impone para hacernos vivir ahora, que no es ya tiempo ninguno. La foto en sí no puede ser verdadera ni falsa, es ajena a cualquiera de ambos términos, ya que esos son exclusiva propiedad del idioma y por ello las discusiones sobre la veracidad o falsedad de una foto son en sí mismas inútiles y ocultadoras ellas mismas de que la cuestión que se suscita no se refiere a la foto sino a lo que se dice de ella.
De estas dos vías que el vestigio nos deja la primera está presente en cualquier fotografía, sea esta como sea y de lo que sea, pues la foto, volvamos a recordarlo, no es la cosa que en ella aparezca sino que ella es otra cosa y que eso de la “realidad” por la que han corrido y siguen corriendo ríos de tinta (como muestra la bibliografía al final de esta obra es una prueba palpable de esto) queda con sus miserias al descubierto. De la segunda lo más que se puede decir es que cualquier fotografía, sea esta como sea y de lo que sea, cabe que sea capaz de suscitar esa reviviscencia, aunque, también hay que señalarlo, las más de ellas no lo serán, pues ese es el milagro laico (una concatenación de sucesos altamente improbables) del que solo algunos y solo algunas veces gozarán.
A quienes obvien la primera y no sean bendecidos con la segunda les quedará lo que suele: la búsqueda de “saber” sobre la foto y así la convertirán en objeto de conocimiento histórico, psicológico, sociológico y demás ‘icos’, cultural en suma, que es la muerte de lo que la foto misma podría hacer si se la dejara.
Es cierto que la foto se realizó en algún momento del pasado, bajo determinadas condiciones técnicas, sociales, económicas, culturales, etc y por alguna o algunas personas con cierta o incierta intención y que aparece a nuestros ojo, cargados igualmente de determinadas condiciones técnicas, sociales, económicas, culturales, etc y en determinado contexto o situación, pero todo eso, incluso aunque se pudiera conocer con la bastante precisión, cosa más que dudosa en las más de las ocasiones, no es más que un sustituto de la foto misma y de lo que por sí misma es capaz de ofrecer.
También es posible, y es lo que se suele hacer entre los más o menos entendidos en fotografía, describir y analizar los elementos de lo ‘visible’, entendido esto como lo describible idiomáticamente, y comentar así lo referido a los elementos utilizados en la captación y postproducción de la imagen, el encuadre, el color, la perspectiva, las formas y su relación en la foto, el sometimiento a las leyes fotográficas típicas, la nitidez, el soporte físico de la foto, etc. E incluso, y a imitación de los hoy dominantes algoritmos, decidir el peso de todos esos factores ‘técnicos’ en la incidencia esperable de la foto en el público al que se dirige, esa es precisamente la tarea de los editores fotográficos en los medios visuales, los curadores de exposiciones, los compradores institucionales, los galeristas y en general los intermediarios del muy amplio mercado fotográfico, que como se ha señalado va mucho más allá del mercado del Arte, pues también en la fotografía médica, la policial, la publicitaria u otras hay quien selecciona tanto las fotos que se tomarán como las que se entreguen a los destinatarios finales de las mismas en función de los intereses supuestos de los destinatarios.
Conviene recordar también que junto a la foto misma de la que se trate hay las más de las ocasiones texto escrito, aunque solo sea un título o un pie de foto, y que lo que se dice de la foto quizás se esté diciendo del texto y no de la foto misma.
Caben pues dos modos esenciales de enfrentarse a una foto: hablar de ella, sea para decir de ella una cosa o su contraria, para interrogarse sobre ella, para bendecirla o maldecirla (la clásica expresión de los gustos personales), o callarse y dejar que haga lo que sea capaz de hacer en quien la vea. Estos modos no se presentan como mutuamente excluyentes más que en la sucesión temporalmente medida, pues es obvio que no cabe hablar y callar a la vez, pero que, al menos en ocasiones, tal vez el hablar sea un obstáculo para lo otro.